Eslabones débiles: lo que la inteligencia artificial no podrá reemplazar. Por Eduardo Roubik

Eslabones débiles: lo que la inteligencia artificial no podrá reemplazar. Por Eduardo Roubik
La principal lección para inversionistas y empresarios es que la inteligencia artificial cambiará muchas reglas del juego, pero no eliminará la escasez. De hecho, es posible que ocurra lo contrario: mientras más eficientes se vuelvan los procesos y más accesible sea la información, mayor será el valor de aquellos activos difíciles de replicar.

La reciente encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, dedicada a la inteligencia artificial, ha generado debate mucho más allá de los círculos religiosos. No es habitual que una institución con dos mil años de historia aborde con tanta centralidad una tecnología emergente. Sin embargo, la pregunta que plantea es relevante para todos: ¿qué seguirá siendo escaso —y, por lo tanto, valioso— en el mundo que viene

Para abordar esa pregunta resulta útil una idea del economista Chad Jones, profesor de Stanford. Jones sostiene que una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil. Podemos fortalecer la mayoría de sus partes, pero mientras existan puntos frágiles, el desempeño total seguirá dependiendo de ellos.

La inteligencia artificial pareciera desafiar esta lógica. Cada semana conocemos avances capaces de automatizar tareas que hasta hace poco parecían exclusivamente humanas: análisis de datos, programación, diseño, redacción e incluso ciertas decisiones operativas. Sin embargo, la historia económica sugiere cautela. La electricidad, los computadores e internet transformaron radicalmente la productividad, pero lo hicieron de manera gradual. El motivo es simple: los cuellos de botella no desaparecen al mismo ritmo que la innovación.

Y, en algunos casos, incluso aumentan su valor. Cuando la información se vuelve abundante y barata, aquello que sigue siendo escaso adquiere mayor relevancia.

El negocio inmobiliario ofrece un buen ejemplo. Aunque la IA permita diseñar proyectos más rápido, optimizar costos o mejorar la comercialización, los factores que determinan gran parte del valor siguen siendo profundamente físicos y humanos.

El primero es la ubicación. Ningún algoritmo puede crear más suelo urbano bien conectado, más terrenos cerca de estaciones de Metro o mejores vistas sobre una ciudad consolidada. En Santiago, donde la expansión urbana enfrenta crecientes restricciones y los tiempos de desplazamiento pesan cada vez más en la calidad de vida, la escasez geográfica permanece intacta y, en muchos casos, aumenta con el tiempo.

El segundo es la institucionalidad. Permisos, normativas, aprobaciones y procesos regulatorios continúan dependiendo de decisiones humanas. La tecnología puede acelerar la preparación de antecedentes, pero difícilmente reemplazará la compleja interacción entre organismos públicos, comunidades y autoridades. En Chile, donde la obtención de permisos municipales, ambientales o sectoriales puede extenderse durante años y retrasar inversiones relevantes, la certeza regulatoria se ha convertido en un factor tan decisivo como el financiamiento o el diseño.

También está la construcción. Mientras muchas tareas intelectuales comienzan a ser automatizadas, buena parte de los oficios especializados sigue requiriendo presencia física, experiencia y capacidad de adaptación. La revolución tecnológica avanza con rapidez en el mundo digital, pero mucho más lentamente en el mundo material. Construir una vivienda, coordinar una obra o resolver imprevistos en terreno continúa dependiendo, en gran medida, del conocimiento humano.

Y existe un cuarto factor, quizás el más importante: la confianza. Comprar una vivienda, desarrollar un proyecto o invertir en un fondo inmobiliario sigue siendo una decisión que involucra relaciones humanas, reputación y credibilidad. En un entorno donde los contenidos, las imágenes y hasta las conversaciones pueden ser generadas artificialmente, la confianza podría transformarse en un activo aún más escaso que hoy.

Por eso, la inteligencia artificial no necesariamente reducirá el valor de los fundamentos tradicionales del sector inmobiliario. Más bien podría reforzarlos. A medida que la información se vuelva abundante y barata, aumentará la importancia de aquello que no puede reproducirse fácilmente: la ubicación, el conocimiento local, la capacidad de ejecución y las relaciones de largo plazo.

Esto no significa que no habrá cambios profundos. Algunos segmentos enfrentarán mayores desafíos que otros y muchas funciones serán redefinidas. Pero la transformación probablemente será más lenta y desigual de lo que sugieren los titulares. La historia muestra que las grandes revoluciones tecnológicas tardan décadas en desplegar todos sus efectos.

La principal lección para inversionistas y empresarios es que la inteligencia artificial cambiará muchas reglas del juego, pero no eliminará la escasez. De hecho, es posible que ocurra lo contrario: mientras más eficientes se vuelvan los procesos y más accesible sea la información, mayor será el valor de aquellos activos difíciles de replicar.

En el sector inmobiliario chileno, esos activos siguen siendo esencialmente los mismos: una buena ubicación, instituciones que otorguen certezas, capacidad de ejecutar proyectos y relaciones construidas sobre la confianza. Los eslabones débiles no desaparecerán. Y, precisamente por eso, seguirán siendo los que más valor generen.

 

(Fuente: ex-ante.cl)

 


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