CBRE: inversión inmobiliaria alcanza su mayor optimismo para este 2026

CBRE: inversión inmobiliaria alcanza su mayor optimismo para este 2026
El 65% de los encuestados menciona que aumentará su actividad de compra en inversiones inmobiliarias. Para el presidente de CBRE Chile y Argentina, Nicolás Cox, los resultados del sondeo, realizado junto a Acafi, reflejan una recuperación de la confianza, aunque con una mirada más selectiva por parte de los inversionistas.

Un sondeo realizado por la consultora internacional CBRE, en conjunto a la Asociación Chilena de Administradoras de Fondos de Inversión (Acafi) muestra perspectivas optimistas para la inversión inmobiliaria durante este 2026.

La novena Encuesta de Percepción a Ejecutivos evidenció que el 65% espera aumentar su actividad de compra durante el 2026, un salto relevante versus el 2025 cuando llegó a 38%. La senior research manager en CBRE Ingrid Hartmann, apuntó a que “después de todos los años de volatilidad e incertidumbre que tuvimos, esta es la primera vez que vemos un ánimo muy optimista respecto de la actividad compra”.

Asimismo, se observa que un 50% planea tener una mayor actividad de venta, dos puntos porcentuales más que el año pasado. Ninguno de los encuestados planea disminuir su actividad, ni de compra ni de venta.

 

En cuanto a las estrategias de organización, CBRE y Acafi observaron una disminución de la oportunista, es decir, aquellos que buscan activos de precio bajo para poder invertir. Esta estrategia alcanzó un 60% en el 2024 y durante este año alcanzó un 35%. La estrategia Value Add, que apunta a tomar activos antiguos e invertir en estos para modernizarlos, pasó de 15% a 30%.

La estrategia que más creció fue core, es decir, la inversión en activos estabilizados, pasó de 20% a un 80% este año. “El 65% que está queriendo comprar más está muy enfocado en recoger los fundamentos de mercado que hoy están en su mejor momento después de estos 5 o 6 años difíciles que tuvimos”, dice Hartmann.

Otro descubrimiento y cambio relevante es una disminución en la intención de invertir en otros países, volviendo el interés por Chile. Si bien la mayor parte se concentra en los mercados fuertes para los distintos activos inmobiliarios, hay un crecimiento del interés por diversificar inversiones en otros submercados, y también en otras ciudades.

Para el presidente de CBRE Chile y Argentina, Nicolás Cox, los resultados reflejan una recuperación de la confianza, aunque con una mirada más selectiva por parte de los inversionistas. “Estamos viendo un mercado que vuelve a evaluar activamente oportunidades, pero privilegiando activos con fundamentos sólidos, ubicaciones consolidadas y capacidad de generar flujos estables. A esto se suma una mayor disposición a asumir riesgo, aunque en algunos segmentos la menor disponibilidad de producto comienza a transformarse en una restricción relevante para el crecimiento”, explicó.

¿Dónde invertir?

Respecto a los activos inmobiliarios en los que los ejecutivos están pensando en invertir, se observó un crecimiento importante tanto en el interés de oficinas, como del retail. En el mercado de oficinas, esto se debe a un panorama en el que la demanda se ha mantenido fuerte en los últimos años, mientras que la oferta va disminuyendo.

La vacancia en el mercado de oficinas clase A se situó en un 8,1%, sumando 4 trimestres a la baja. A su vez, los precios de oficinas Clase A han recuperado un 9%, impulsados por el desempeño de Las Condes, donde los valores acumulan un alza de 11% desde entonces.

La absorción neta del mercado fue de 30 mil m2 sólo en el primer semestre, lo que fue un 38% más que en el mismo periodo del 2025. En tanto, el pipeline es acotado, con solo 3 edificios que suman poco más de 100 mil m2, y de los cuales el 30% ya entro pre-arrendado.

El mercado industrial, si bien sigue siendo relevante, no ha aumentado mucho. Hartmann destaca que ese está construyendo acorde con lo que demanda el mercado, de forma en que el 54% del pipeline ya está precolocado. Se espera que la vacancia, que hoy está en 5,8% sólo siga cayendo. Cabe mencionar que el 71% de la vacancia se concentra en activos construidos antes del 2010.

En tanto, el interés por invertir en multifamily viene cayendo sostenidamente. La ejecutiva de CBRE explica que se ha mantenido en niveles saludables y la demanda ha sido impulsada tanto por segmentos medios como bajos. Eso sí, la zona oriente, ha ido predominando en la actividad de arriendo, concentrando el 37% del total de actividad en el primer semestre.

De esta forma, el pipeline de multifamily sumará 25 nuevos proyectos, de los cuales 11 estarán la zona oriente.

Respecto al futuro de la inversión en renta inmobiliaria, CBRE apunta a que este tipo de activos “mantiene fundamentos atractivos, pero la materialización de nuevas inversiones dependerá de mayor certeza regulatoria y macroeconómica”, dijo la consultora en la presentación de este informe. En ese sentido, aseguran que tienen desafíos de liquidez, escabilidad y costos. “La liquidez y las alternativas de salida siguen siendo una preocupación. Hay riesgo de concentración del mercado en grandes fondos. Habrá menor desarrollo residencial si los costos no se ajustan”, afirma CBRE.

“El mercado reconoce el atractivo estructural de la renta inmobiliaria, pero espera señales regulatorias y económicas más claras para acelerar su crecimiento”, declaró.

 

(Fuente: latercera.com)

 

 


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Diez mil años de inversiones inmobiliarias: del grano al algoritmo

Diez mil años de inversiones inmobiliarias: del grano al algoritmo
Desde el primer grano guardado hasta el último algoritmo de valuación, el inversor siempre enfrentó el mismo enemigo: la incertidumbre. Y siempre necesitó a alguien que lo ayudara a convertirla en decisión.

Desde el primer grano guardado hasta el último algoritmo de valuación, el inversor siempre enfrentó el mismo enemigo: la incertidumbre. Y siempre necesitó a alguien que lo ayudara a convertirla en decisión.

El primer acto

Hace diez mil años, alguien decidió no consumir todo lo que producía. Guardó una parte. Eligió dónde. Calculó cuánto. Apostó a que el futuro valdría más que el presente.

Ese agricultor neolítico no sabía que estaba sentando las bases de la inversión inmobiliaria. Solo sabía que el invierno llegaba y que la única forma de sobrevivirlo era inmovilizar valor hoy para tenerlo disponible mañana. La lógica del inversor en pozo — comprar lo que no existe todavía porque el precio futuro justifica el riesgo presente — tiene exactamente esa misma estructura. Cambió el activo. El razonamiento es idéntico.

La propiedad nació en la arcilla

Mesopotamia, dos mil años antes de Cristo. Un templo de Ur registra en arcilla la transferencia de un terreno. El precio: cebada. El instrumento: una tablilla con nombre, fecha y testigos. El propósito: hacer que la propiedad existiera más allá del acuerdo verbal, más allá de la memoria de los involucrados.

 

Ese fue el primer momento en que el mercado inmobiliario entendió algo que sigue siendo cierto: la propiedad no existe en la tierra. Existe en el registro. En el consenso social sobre quién tiene derecho a qué. Tres milenios después, cualquier inversor que compra en construcción en Buenos Aires, en Montevideo o en Asunción está comprando exactamente eso: un derecho registrado sobre algo que todavía no tiene forma física.

La diferencia es que hoy el instrumento es digital y el precio se paga en dólares. El mecanismo de fondo no varió.

Roma ya lo había resuelto

Roma resolvió un problema que el mercado tardó siglos en volver a plantearse: cómo hacer que más inversores participen del mismo activo. Las insulae — los bloques de apartamentos romanos — llegaron a siete u ocho pisos, con propietarios distintos en cada unidad. La propiedad horizontal no es una innovación del siglo XX. Es una solución romana a un problema de escasez urbana.

Lo que sí es moderno es el marco jurídico que la volvió escalable. Bélgica lo codificó en 1924. Ese año, sin que casi nadie lo notara, se creó la estructura legal que hace posible hoy cualquier desarrollo en altura: la separación entre el suelo y las unidades que se construyen sobre él, cada una con propietario independiente, cada una como activo autónomo.

El inversor que compra un apartamento en un edificio nuevo está operando sobre un andamiaje jurídico que tiene cien años. No dos. No veinte. Cien.

Cuando el suelo se acaba

La ciudad medieval europea enfrentó el mismo problema que enfrentan hoy los mercados urbanos más dinámicos: el suelo se agota, la demanda no. Las ciudades amuralladas no podían crecer hacia afuera. Cada metro cuadrado dentro de los muros valía más que el anterior. La respuesta fue la altura.

Lo que ese período enseñó — y que el mercado tiende a olvidar en cada ciclo — es que la escasez no destruye el valor. Lo concentra. Cuando no hay tierra nueva, el valor migra hacia arriba, hacia la densidad, hacia la calidad de lo existente. El inversor que entiende eso no busca dónde comprar barato. Busca dónde la escasez está comenzando a formarse antes de que el mercado la nombre.

El ladrillo que dejó de ser ladrillo

El siglo XX hizo algo sin precedentes: convirtió el ladrillo en abstracción financiera. Los fondos de inversión inmobiliaria, los fideicomisos, los instrumentos atados a activos reales separaron definitivamente al inversor del activo. Ya no era necesario ver la propiedad, pisarla, conocer el barrio. Bastaba con el rendimiento proyectado, el informe de valuación, la tasa de ocupación histórica.

El mercado ganó liquidez. Ganó velocidad. Ganó escala global. Y perdió algo que durante diez mil años fue central al negocio inmobiliario: la relación directa entre quien invierte y lo que invierte. El activo dejó de ser concreto. Se volvió porcentaje de cartera.

Eso no es necesariamente malo. Pero explica buena parte de las crisis que siguieron: cuando el activo es abstracto, los errores de valuación no tienen fricción. Se acumulan sin que nadie los vea hasta que el sistema los revela todos juntos.

El siglo de los datos y la parálisis

El siglo XXI prometió resolver eso con datos. Más información, mejor procesada, en tiempo real. Precios históricos, comparadores automatizados, índices de rentabilidad, algoritmos de valuación que procesan miles de variables en segundos.

Y sin embargo, el inversor sofisticado de hoy enfrenta exactamente el mismo problema que el comerciante mesopotámico frente a la tablilla de arcilla: no es falta de información. Es exceso de ruido. La abundancia de datos sin criterio de interpretación produce el mismo resultado que la ausencia de datos: parálisis.

El mercado inmobiliario nunca tuvo tanto acceso a información. Y nunca generó tanta incertidumbre en quienes tienen que decidir con ella.

Nunca estuvo solo

Pero hay algo que la historia repite con una consistencia que debería llamar la atención: en cada uno de esos momentos, detrás de cada decisión de inversión, hubo alguien que acompañó al que dudaba.

Al principio era el propio inversor solo frente a su incertidumbre. El agricultor neolítico no tenía a quién consultar. Leía el cielo, medía sus reservas, y decidía. La duda era suya y el error también.

Con las primeras ciudades apareció el escriba. Alguien que sabía leer y escribir cuando casi nadie podía, que conocía las fórmulas del registro, que certificaba que lo acordado existía más allá de la memoria de los involucrados. No era un asesor. Era un garante. Pero su presencia ya modificaba la calidad de la decisión.

Luego vino el custodio de rutas, el intermediario que conocía el territorio mejor que el comerciante. Alguien que no tenía el capital, pero tenía el conocimiento de dónde estaba el valor y cómo llegar a él. Ese es el origen remoto de lo que hoy llamamos broker.

Siglos después llegó el notario moderno, heredero del escriba, pero con marco jurídico, con responsabilidad profesional, con capacidad de hacer que la transferencia de propiedad tuviera consecuencias legales verificables. La seguridad jurídica que hoy da por sentada cualquier inversor es una construcción de siglos, no una condición natural del mercado.

Y con el siglo XX llegaron los demás: el tasador, el desarrollador, el fondo de inversión, el analista financiero, el abogado especializado, el arquitecto como intérprete del activo físico. El ecosistema se fue complejizando a medida que el activo se volvía más abstracto y la decisión más difícil de tomar en soledad.

Hoy el inversor no está solo. Está rodeado. Y, sin embargo, la incertidumbre no desapareció. Porque la abundancia de voces sin jerarquía produce el mismo efecto que el silencio: parálisis. El inversor de hoy no busca más información. Busca a alguien que entienda su duda específica, que lea el contexto donde él no llega, y que lo ayude a convertir la incertidumbre en una decisión que pueda sostener.

Eso no lo hace el algoritmo. Lo hace quien sabe escuchar antes de hablar. Y esa figura, con distintos nombres y distintas herramientas, existe desde que el primer humano tuvo algo que perder y no supo exactamente qué hacer con ello.

 

(Fuente: ambito.com)

 

 


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